Nunca es fácil regalar algo a alguien que no conocés bien. O alguien que te gusta mucho. Puede parecer fácil, pero corrés el riesgo de marcar para siempre ese objeto, esa canción o ese libro con la presencia del otro. Hay que tener cuidado. Ciertos discos son de uno, íntimos, y una vez que se los regalás a alguien ya no son sólo de uno, son de uno y de esa persona, a quien tal vez en poco tiempo no vuelvas a ver nunca más. ¿Y qué te queda? Una canción teñida de un recuerdo, por ejemplo. Charlaba esto con un amigo; en el momento coincidí con él. The Cure, The Clash, jamás. Ni se te ocurra regalar un disco de ellos. Pero después lo pensé mejor. Me acordé de cierto disco de The Cure, de cierta canción que una vez era de una persona y mía, y ahora es de otra persona y mía. Las cosas se resignifican. Nada dura para siempre, ni las relaciones, ni los recuerdos, ni los regalos. ¿Y qué tiene de malo que una canción, un disco o un libro me hagan acordar para siempre a “vos”? Para siempre es un tiempo bastante breve, también. Ni el recuerdo más triste va a arruinar una canción de Desintegration para mí. A lo sumo cada vez que la escuche veré esa esquina, sentiré el aroma de ese café, el olor de las sábanas, escucharé tus voces, sus voces, las risas.

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